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Hasta hoy disponemos de tres paradigmas para pensar lo que aún llamamos discapacidad: el médico, el social y el biopsicosocial. El Foro de Vida Independiente y los autores y activistas que ayudan a profundizar y a extender sus propuestas celebran el avance que ha supuesto el paradigma biopsicosocial, pero no lo comparten y proponen un nuevo modelo que llaman de la diversidad funcional, una versión hermenéutica del paradigma social.

Este artículo intenta identificar los problemas que el modelo de la diversidad funcional plantea a la ética aplicada, y se centra en dos de ellos. El primero es: si lo que ahora consideramos deficiencia es interpretado únicamente como diversidad, ¿qué argumentos tendríamos para no respetar la decisión de unos padres de no corregir una deficiencia física, intelectual o del desarrollo de sus hijos, pudiéndolo hacer con una terapia eficaz, razonable y sin riesgos? ¿Y para impedir que les produzcan una deficiencia? El segundo problema es: ¿Cómo justificar la necesidad de discriminación positiva (más recursos y atenciones y más investigación médica y tecnológica a las personas con diversidad funcional ) e incluso de apoyo, si se considera que su manera de funcionar no es ni mejor ni peor que las otras?

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27 de abril de 2018
© Joan Canimas Brugué
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